Màrius SERRA

Ciberpoesía sí, si un verdadero poeta la hiciera

(Texto de presentación del CD ROM"Ciberpoesia Catalana 2.1")

 

Adjetivar la poesía es como poner azúcar en el champán seco. Lo hacen los lectores para entenderse y los historiadores para hacerse entender. Alguna vez, incluso, lo hacen los poetas cuando ya se han cansado de poetar, pero aunque se lancen a llamarla poesía pura o poesía concreta o poesía visual o poesía fonética o poesía surrealista o poesía x-ista dicen poesía y poco más. Poesía rasa, la llamo Joan Brossa. Raso y corto. Rasa. Por eso, adjetivar la poesía solo sirve para hablar sobre ella cuando no la estamos produciendo ni consumiendo, ni escribiéndola ni leyéndola, ni creándola ni re-creándola. Y quizás por esta razón algunos poetas han decidido transformar estos adjetivos posibles en prefijo, reduciendo la aparatosidad y generando nuevos derivados de la palabra poesía. De este modo han nacido denominaciones como la polipoesía o la ciberpoesía que campa a sus anchas por este CD, con una variedad de propuestas que van desde el simple poema ilustrado hasta la poesía verdaderamente interactiva, pasando por toda una gama de poemas que parecen destinados a demostrar aquel Brossiano ‘las palabras son las cosas’.

La era digital ha ofrecido nuevas vías expresivas para la practica poética. La fusión de lenguajes que promovieron las vanguardias históricas del siglo XX, encuentra en las herramientas informáticas una potencialidad muy elevada. Sonido y caligrafía se hermanan como en ninguna otra ocasión. Agitemos la imagen y las ocho letras de la palabra agitemos constituyen una nueva imagen que luego se pondrá en movimiento y permitirá que el sonido le envuelva. La animación caligráfica aviva y vivífica las letras, palabras, versos enteros. El cine anémico converge en la pantalla del ordenador con la magia amiga de la poesía letrada. De este nuevo hábitat nace una forma expresiva rabiosamente contemporánea que, a mi entender, se inscribe en la tradición mitológica inaugurada por el Cratilo de Platón.

Uno de los debates más apasionantes de la historia del pensamiento es el que plantea Sócrates al Cratilo Platónico sobre el origen del lenguaje. Los contendientes dialécticos son Hermógenes y Cratilo. El primero defiende la tesis denominada convencionalista (thései), según la cual los nombres de todas las cosas resultan simplemente de un acuerdo y de una convención entre los hombres (sunthèke kai homología). Cratilo, en cambio, formula la tesis naturalista (phusei) según la cual cada objeto ha recibido una denominación ‘justa’ que emana de una conveniencia natural que más tarde los etimologistas asociaran a la onomatopeya. En caricatura el debate se puede reducir a alguien capaz de exclamar ‘si es tan claro que esto es queso no se porque demonios le llaman queixo’ versus una presunta ‘comisión organizadora de consultas populares (sic) con la función de asesorar a Adán en su tarea de onomaturgo’.

La herencia de este debate abierto es notable y constituye el denominado cratilismo. Entre los convencionalistas convencidos encontramos a Aristóteles, Boecio, San Tomas, Roger Bacon, Locke, Turgot, Hegel, Saussure...las posiciones no convencionalistas, también llamadas Cratilistas o mimologistas, presentan argumentaciones mas heterogéneas y matizadas. San Agustín, John Wallis, Leibniz, Roland Jones, Wachter, Brosses...conforman la gama de los varios grados de oposición al convencionalismo absoluto. El debate, en algunas de sus múltiples facetas, sigue muy vivo, porque los enigmas alrededor de los orígenes inciertos siempre son sugerentes y, en este caso (como en el del origen de la vida) hemos perdido todos los trenes que nos llevarían a la certeza. Al final del camino de este fascinante sistema de signos que nos permite comunicarnos y incomunicarnos, no hay las fuentes del Nilo. Ni un aventurero colonial británico a quien preguntar“¿El Dr. Livingstone, supongo?”. Solo hay el vacío babeliano. La especulación que nace y se refleja en el mismo objeto estudiado.

De los estudios del critico Gerald Genette, que ha sido uno de los máximos difusores del debate cratilista desde su Mimologiques (1976), se desprende que la ciberpoesia puede inscribirse de pleno en este conflicto irresuelto del lenguaje, valiéndose de la presunta mimesis verbal para la génesis de poemas formados por caligrafía, sonido e imagen. El cratilismo sostiene que si la pintura puede imitar con fidelidad el modelo representado, el nombre puede imitar fielmente las cosas designadas. La llamada ‘mimología’ , por lo tanto, es la relación no arbitraria entre la palabra y la cosa que puede aparecer tanto en el habla como en la escritura. Pocos soportes como el digital pueden unir monofónicas y mimografías en un solo poema. Por que, al fin y al cabo, la poesía demuestra que el lenguaje en su globalidad es mucho mas que un simple sistema de signos al servicio de la comunicación. Genette llega a sugerir que no hay diferencia cualitativa entre la producción espontánea y la deliberada: "Si l'écriture imite la parole, qui de son côtè imite les choses, il s'ensuit nécessairement que l'écriture, même sans le chercher, imitera les choses; et réciproquement, si la parole et l'écriture imitent les choses chacune de son côté, elles imiteront inévitablement l'une l'autre".

De aquí nuestro clamor a favor de la poesía: ‘Ciberpoesia si, si un verdadero poeta la hiciera’.